jueves, 23 de febrero de 2012

LA POESÍA DE GABRIEL CELAYA POR MORALES LOMAS

Surrealismo, Realismo social y Poesía Órfica



        El año pasado se cumplió el centenario del nacimiento de Celaya y el vigésimo desde su muerte el 18 de abril de 1991. Es un buen momento para recordar su poesía y la amplitud y generosidad de su obra que llegó a más de cien títulos.
        Pero, ¿qué nos puede transmitir la poesía de Gabriel Celaya a los lectores del siglo XXI?
         La evolución histórica de la lírica nos ha ilustrado suficientemente sobre la idea de que escritores de uno y otro signo han sido olvidados con absoluta impudicia o reivindicados con plausible querencia según el signo de los tiempos, las modas o los hábitos lectores.   Ha sido una dinámica histórica habitual y reiterada. Por ejemplo, Jorge Manrique desapareció durante un periodo amplio y después llegó Antonio Machado para recordarlo en la cúspide poética como un clásico; y Luis de Góngora, desde mediados del XVIII hasta principios del XX, que lo recupera la Generación del 27, estuvo desaparecido de la historia literaria.
          Entiendo que en los momentos actuales, con una profunda crisis no sólo económica sino social y de valores con la que se corre el riesgo de retroceder históricamente en todo lo conquistado, se ha vuelto la mirada hacia escritores que en su momento fueron guías de una época y expresaron el compromiso del poeta hacia sus compatriotas y en beneficio de una sociedad acosada. Durante los años cuarenta Jean Paul Sartre reivindicó la figura del intelectual comprometido ética y estéticamente en la praxis. Había en la literatura española un modelo que se adelantó a los presupuestos teóricos de Sartre, Miguel Hernández, y a él durante los años cincuenta siguieron otros como Celaya, fiel continuador de aquella figura.

          Recientemente el Manifiesto de Antequera (2012), que firmamos cerca de sesenta escritores andaluces, trataba de dar una respuesta del intelectual a los desafíos de la sociedad contemporánea. Se defendía la dimensión utópica de la cultura como una bandera para preservar y perfeccionar la sociedad del bienestar frente a todos aquellos poderes que quieren abolirla y se advertía que la crisis y la sagrada contención del déficit suponía una formidable coartada para acabar con el pensamiento crítico; también se reclamaba  la cultura y la educación como derechos inalienables de la ciudadanía que impedían su desmantelamiento dejándola en algo residual.

         Pues bien, toda esta visión crítica del momento actual conecta con la poesía de Gabriel Celaya, que adquiere  así nuevos alcances y una dimensión renovada que nos ha traído a la memoria y a la lectura de nuevo al escritor que desde un compromiso histórico-social empleó la poesía como un instrumento de reivindicación benéfico y transformación del statu quo del momento: la poesía como arma cargada de futuro, la poesía para transformar la sociedad.  Gabriel Celaya se consideraba un obrero del verso. Pero yo diría que Celaya era sobre todo un orfebre del verso.
           Sin embargo, creo que sobre Gabriel Celaya se ha creado sólo una visión unidireccional y parcial, pues como han dicho algunos no sólo escribe poesía social puesto que encarna una gran síntesis de todas las preocupaciones y estilos que forman la poesía del siglo XX. Asimilarlo a la reivindicación social forma parte de la lógica histórica pero si nos quedamos ahí corremos el riesgo de no entender un mundo poético más amplio, complejo y heterogéneo. De hecho, el propio Celaya dijo en su momento que existe una tendencia a reducir la obra del escritor al tópico: «La desgracia de un escritor consiste en que se le suele encasillar muy pronto, y diga lo que diga o escriba lo que escriba, a partir de ese momento, sólo se le ve según una leyenda o según un esquema simplista».
Celaya, Amparo Gascón y Rafael Alberti
          Gabriel Celaya hizo poesía social, ¿quién lo duda? Pero la poesía social no es sólo poesía protesta o poesía política, lo importante es comprender que el poeta produce un poema y las poéticas estudian las condiciones del poema. El poema, para el poeta, no es un fin, el poeta tiene que escribir pensando que la poesía no se acaba en el libro. Celaya pensaba que el poeta debía ser un portavoz de los demás, considerados como sus compañeros, y el poema debía ser entendido como algo que los demás escribirían y entenderían: la gente debe hacer suyos los poemas porque el poeta siente lo ajeno como lo propio. El acto poético, por tanto, sólo se produce cuando el lector que está leyendo unos versos los considera como propios y como tal los podría haber escrito. El poeta social debe sentirse el uno con el otro porque piensa que la poesía eres tú, lector. Eso es la poesía social. El pensamiento en el lector como un instrumento fundamental. Y entre los grandes guías de esta línea de pensamiento debe situarse también la poesía de Antonio Machado, uno de los grandes maestros, una bandera estética, una poesía lisa, llana, sencilla, directa, que busca a la persona, como le gustaba a Celaya, que lo consideró siempre uno de sus maestros. Pero también en su poesía está presente Bécquer y San Juan de la Cruz de quien afirmó que fue uno de los mejores poetas de la literatura española.
         Celaya en su obra prefiere hablar de la eficacia del poema para llegar al lector, y no de la belleza. ¿Qué es belleza?, se pregunta. El poeta tiene una responsabilidad moral. El poeta tiene una obligación hacia los demás: «Nada me parece tan importante como el buscar el contacto con las capas sociales abandonadas. Hay una masa inmensa a la que hay que buscar y promover hacia la poesía y la cultura. No haciendo una poesía mala o rebajada, sino una poesía auténtica». Al pueblo, decía Celaya, hay que darle lo mejor pero hay que ayudarlo a que lo absorba y se sienta cautivado por ello. El poeta es un portavoz de ese pueblo. Pero no debe entenderse esta poesía sólo como política, aunque también la hubo. La literatura social no es una literatura política. Lo fundamental en la poesía, decía Gabriel Celaya, es la identificación de ésta con el lector: la poesía eres tú (el lector), con el que el poeta establece un diálogo, pero sobre todo, lo fundamental es su vibración interior, eso que hace que ésta contagie definitivamente al lector que hace así suyo el poema.
        A veces esta consideración de su poética, a nuestro entender, le ha hecho perder su imagen real, la de un poeta completo en todos los sentidos. Es cierto que el propio Rafael Celaya contribuyó a difundir esta visión cuando, al referirse a la dimensión social de la poesía, afirmaba que había escrito una poesía que ayudara a vivir y, en consecuencia, “toda poesía es social”. Cantautores como Paco Ibáñez se encargaron de popularizar esta visión socializadora y, a partir de la Transición, desde la izquierda también se reivindicó ésta. Pero dejar su poesía en Cantos iberos (1955) o De claro en claro (1956) es no entender que antes de Gabriel Celaya había escrito Rafael Múgica, en 1935, Marea de silencio, a la que siguió con La música y la sangre (1934-1936), La soledad cerrada (1947), De movimientos elementales (1947) u Objetos poéticos (1948).

           Y a Rafael Múgica, el poeta burgués, le seguiría su doble, su alter ego, Juan de Leceta, a partir de 1944 con obras como  De avisos de Juan de Leceta (1944-46), Tranquilamente hablando (1947), una poesía ya existencial, en la línea de la corriente poética del momento. Y, en esa riqueza y pluralidad de su lírica, también hay una faceta centrada en el terruño y la tradición vasca y su ahondamiento profundo. Así se manifiesta en Rapsodia euskara (1960) y Baladas o decires vascos (1961-1963), por traer un ejemplo.  E incluso, en los años sesenta, cuando se pone de moda el realismo mágico, Celaya asumirá esa tendencia con Los espejos transparentes o el experimentalismo con Maquinaciones verbales (1969) y Campos semánticos (1971). Y más adelante, a partir de la Transición escribirá una  poesía a la que llamó como lírica órfica, en la que defendía que todos vivimos unos con otros, con una conciencia claramente humanista. Decía Celaya: «Vivimos con plantas, con animales, con el clima… esto lleva también a una conciencia órfica, ecológica, una conciencia cosmológica, nuestra tierra es algo pequeña, cuando miramos al cielo nos damos cuenta de que somos poco y todo depende de todo.  Ha cambiado la sociedad, y por tanto, no tiene razón de ser hablar de poesía social tan abiertamente. La poesía social fue impuesta por la falta de sociedad, después de la Transición ya no hacía falta». En su nueva etapa a partir de la Transición, en Poemas órficos (1981) se centra en el inconsciente colectivo, los mitos y las fábulas de la antigüedad. Hay una consciencia cósmica, órfica… que tendría el peligro de derivar hacia el misticismo, pero él insiste en que no habla de mística sino de ciencia, la ciencia atómica…    De hecho hay un poema que se llama el Big Bang. Lo que le interesa en esos momentos es hablar de la concepción de la vida como algo cíclico. En consecuencia, el ritmo de la poesía, el ritmo de la vida es lo trascendente.  Parte del principio de que la poesía está influida por la concepción de la vida y del mundo que se tiene en cada momento y en ése lo que toca es una lírica órfica, en la que sustituye la metáfora por el razonamiento poético, volviéndose más discursivo: «Con la edad se hace uno más discursivo”, decía. En Penúltimos poemas, se puede leer “Hasta la muerte llega lentamente…», donde hay ya un pesimismo existencial y una presencia de la muerte a la que se siente cada vez más cercana, pero aceptada.
        La poesía de Gabriel Celaya no anduvo, por tanto, aferrada solamente al ideal del escritor comprometido en la estela de Miguel Hernández o el compromiso satreano, un escritor en el que se aúna la idea, la palabra, el verso y la acción, la praxis, sino que es una poesía más dilatada, más profunda, más totalizadora y generosa con el lector, en la que el cosmos, su tierra, la impresión de que somos mucho más que aquella lucha por conservar el hombre y su mundo está siempre presente.
        Gabriel Celaya nació en Hernani el 18 de marzo de 1911 y después se trasladó a San Sebastián. Su padre, Luis Múgica Leceta, aunque de origen humilde, llegó a tener una empresa industrial de importancia. Eran gente soberbia y seguros de sí mismos los Múgica, con una inteligencia natural, hombres hechos a sí mismos. Su madre, Ignacia Celaya Cendolla, pertenecía a una clase más alta que los Múgica: músicos, médicos y aventureros. Los Celaya tenían muchas pretensiones, pero económicamente se vinieron abajo. Sus padres estaban en contra de que fuera escritor, puesto que desde que nació querían que fuera ingeniero industrial y cuando dijo que quería estudiar Filosofía y Letras tuvo grandes problemas. Su madre, de hecho escondía los libros en el colchón, según ha relatado en algún momento: “Fueron de una crueldad terrible”.
         Su vida fue la de un niño corriente hasta los doce años. Era un niño alegre y divertido. Cuando iba al pueblo los otros chicos le llamaban “cascalete”, porque era muy alegre. De joven era un chico estudioso pero disparatado que realizó su enseñanza en el Colegio del Pilar de los marianistas. A los doce años se les ocurrió a sus padres que estaba enfermo (unas fiebres misteriosas), y dejó de ir al colegio puesto que habían decidido que tenía que ir  a Francia, a Pau, sólo con su madre, para curarse. Perdió el contacto con sus amigos durante dos años, y le costó mucho recuperarlo. En algún momento, algo hiperbólicamente, ha dicho que hasta el 46 (a los treinta y cinco años) no lo recuperó definitivamente.
        En los años 20 se aleja a Madrid, a la Residencia de Estudiantes, donde iban los hijos de la burguesía progresista del país. Después siguió siendo ese joven burgués ajeno a la vida y, tras un largo paréntesis de absoluto silencio que va desde los doce hasta los treinta y cinco años, siguió fiel a ese statu quo hasta que llegó Amparitxu (Amparo Gastón), que le enseñó cómo sentían los obreros (así lo dirá él mismo) y con la que funda la colección de poesía Norte, «un puente tendido por encima de la poesía oficial hacia los entonces olvidados poetas del 27, hacia la España peregrina y hacia la poesía europea, de la que el autarquismo cultural, y la dificultad de hacerse con libros extranjeros, nos tenía separados desde el fin de la segunda guerra».

            Rafael Gabriel Juan Múgica Celaya Leceta era su nombre. Al principio, con el nombre de Rafael Múgica, un escritor burgués, un ingeniero industrial, que conoció en la Residencia de Estudiantes de Madrid a Lorca, Alberti, Juan Ramón Jiménez… un poeta que durante la República, a los 24 años, publicaría su primera obra, la de un poeta surrealista que también pintaba imitando a Giorgio de Chirico. Ya en la Transición dirá en Reflexiones sobre mi poesía (1987) que su etapa surrealista nunca fue considerada pero fue intensa y determinante.
           Conoció por entonces a Neruda, que le corregiría algún poema. Y del que dirá en Cartas boca arriba: “Te escribo desde un puerto./ La mar salvaje llora./ Salvaje, y triste, y solo, te escribo abandonado./ Las olas funerales redoblan el vacío”. Después, desde el 36 al 46 no publicó nada, recluido en su trabajo como ingeniero industrial. Andaba perdido y renunció a publicar. Fue en la posguerra cuando surge Juan de Leceta, un poeta existencialista que se incardina en la poesía de época, pero será a partir de los treinta y cinco años, el 8 de octubre de 1946, en que aparece Amparitxu y su vida cambia radicalmente afiliándose al partido comunista de la mano de Jorge Semprún, que fue quien lo introdujo.
          Con Amparo Gascón fundará una editorial de poesía y sería ella quien salvó su poesía y salvó su vida, como ha dicho en más de una ocasión. Surge definitivamente el poeta Gabriel Celaya y abandona todo lo anterior, con Juan de Leceta y con Rafael Múgica. Gabriel Celaya, dirá, que a partir de estos momentos se sentirá ya un hombre libre. Rompe con la empresa en la que trabajaba como ingeniero, en donde, por cierto, en una ocasión le habían dicho que un ingeniero que escribía versos rompía el crédito de la misma. Decidió dedicarse definitivamente a la literatura, su verdadera pasión: «Gabriel Celaya, la nueva personificación del literato, derrocó de un solo golpe de audacia al ingeniero Múgica y al poeta Leceta, suplantó simultáneamente al ciudadano empadronado y al personaje anterior. Gabriel Celaya ya no va a ser sólo otro escritor, sino también otro hombre real», dirá Ángel González.
          Intentó el contacto con la poesía del 27, con Vicente Aleixandre, el contacto con sus amigos del norte y con la poesía extranjera de muy conocidos poetas pero desconocidos por los escritores de entonces. Había muchas revistas de poesía y se hicieron con un fichero de cuatrocientos suscriptores con los que cubrían los gastos de la editorial. Por entonces estaba Cántico, Espadaña, Proel, Sobre Literario, Verbo… un gran número de revistas y de escritores con los que entrará en contacto y rompe con el garcilasismo, la poesía oficial del momento, comenzando a relacionarse con Eugenio de Nora, que seguía otros postulados completamente diferentes.

          En los años cincuenta publica  Las cartas boca arriba (1951), Los demás es silencio (1952), Paz y concierto (1953-53), Vía muerta (1954), Cantos iberos (1955), Entreacto (1957), Poesía urgente (1957) … y comienza su presencia en la vida cultural del país como principal impulsor de la poesía social junto a Nora y Blas de Otero. Años después diría Hierro que Celaya era el que mejor representaba la poesía realista y crítica.  En ellas recupera el noventayochismo, el coloquialismo  y la poesía oral con una visión revolucionaria evidente, el antiformalismo, la escritura con rasgos cotidianos y familiares toman el poema que se asienta definitivamente en la realidad. Una poesía sincera que siente la vida: el olor de la ropa, el beso que se dan dos amantes, el día a día…, hablar con la naturaleza, expresar con palabras la emoción del mundo. Pero también poesía como medicina para el alma, que diría García Cueto: “Poesía para el pobre, poesía necesaria/ como el pan de cada día,/ como el aire que exigimos trece veces por minuto,/ para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica”. Gabriel Celaya no hará una poesía social desde los temas sino desde las actitudes y pone su visión hedonista y vitalista al frente de todo el proceso escritural. En ella deja a un lado sus penas personales para ocuparse de las demás, establece un diálogo con ellos desde su condición solidaria.
       A ellos seguirán Los poemas de Juan de Leceta (1961), Versos de otoño (1963), La linterna sorda y dos cantatas (1964); y otras obras como la novela Los buenos negocios (1965), historia de una empresa vasca cuya historia le trajo como consecuencia que se enfadaran todos con él, le quitaron la pensión de la fábrica y le amenazaron con llevarlo a los tribunales; también publicará Los espejos transparentes (1968), Canten lo mío (1968), son dos libros reunidos en un solo volumen sobre lo vasco…
       En los setenta y ochenta publicará El derecho y el revés (1973), Itinerario poético (1975), Buenos días, buenas noches (1976), Iberia sumergida (1978), Penúltimos poemas (1982), El mundo abierto (1986) y su último libro fue Orígenes (1990).
        Será en 1986 cuando se le reconocerá su obra con el premio Nacional de las Letras Españolas.
       
                                               BIOGRAFÍA

No cojas la cuchara con la mano izquierda.
No pongas los codos en la mesa.
Dobla bien la servilleta.
Eso, para empezar.
Extraiga la raíz cuadrada de tres mil trescientos trece.
¿Dónde está Tanganika? ¿Qué año nació Cervantes?
Le pondré un cero en conducta si habla con su compañero.
Eso, para seguir.

¿Le parece a usted correcto que un ingeniero haga versos?
La cultura es un adorno y el negocio es el negocio.
Si sigues con esa chica te cerraremos las puertas.
Eso, para vivir.

No seas tan loco. Sé educado. Sé correcto.
No bebas. No fumes. No tosas. No respires.
¡Ay, sí, no respirar! Dar el no a todos los nos.
Y descansar: morir.

      



viernes, 17 de febrero de 2012

FINALISTAS DEL XVIII PREMIO ANDALUCÍA DE LA CRÍTICA 2012

5 de febrero de 2012

Tras la votación llevada a cabo por más de un centenar de miembros de la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios durante el mes de enero han sido elegidos como finalistas los escritores y escritoras relacionados.
El Jurado del Premio Andalucía de la Crítica formado por veinte miembros entre profesores de Universidad, escritoras y escritores, críticos literarios y periodistas se reunirá los próximos días 13 y 14 de abril en la ciudad de Málaga para proceder a elegir entre estos finalistas a los ganadores o ganadoras de los premios de narrativa y poesía de este año.

Los premios cuentan con el patrocinio y la colaboración del Instituto Andaluz de las Artes y las Letras (Consejería de Cultura-Junta de Andalucía), la Fundación Unicaja y el Ayuntamiento de Córdoba.

A los ganadores/as se les entregarán sendas estatuillas creadas por el escultor de fama internacional Andrés Alcántara (http://www.andresalcantara.com) y reproducidas por la Escuela del Mármol de Andalucía.
Los premios se entregarán en Córdoba con motivo de COSMOPOÉTICA. Al mismo tiempo se llevará a cabo un homenaje al escritor cordobés José de Miguel.

Narrativa

1. El espía de Justo Navarro, Editorial Anagrama.
2. Nada del otro mundo de Antonio Muñoz Molina, Ed. Seix Barral.
3. Una sirena se ahogó en Larache de Sergio Barce, Ed. Círculo Rojo.
4. Los que miran el frío de Francisco Onieva, Ed. Renacimiento.
5. El gnomón y el péndulo José Ruiz Mata, Ed. Alhulia.
6. Vidas prometidas de Guillermo Busutil, Tropo Editores.
7. La soledad del azar de Juan Cobos Wilkins, Ed. Almuzara.

Poesía

1. Un girasol flotante de Antonio Carvajal, KRK Ediciones.
2. En el corazón del signo de Francisco Basallote, EH Editores.
3. El intérprete infiel de Manuel Jurado  López, Ed. Ánfora Nova.
4. Al pie de la letra de Víctor Jiménez, Ed. La Isla de Siltolá.
5. Retablo de cenizas de María Sanz, Ayuntamiento de Alcalá de Henares.
6. Cibernáculo de María del Valle Rubio, Ediciones Vitruvio.
7. Romances del crepúsculo de Enrique Morón, Ed. Port Royal.
8. Sobre la oscuridad de Dolors Alberola, Ed. Rumorvisual.
9. Donde la hoguera de Inmaculada Moreno, Ed. Hiperión.

domingo, 5 de febrero de 2012

La narrativa de Juan Francisco Ferré por F. Morales Lomas



Lo que el/la lector/a podrá leer a continuación es sólo el principio de un extenso estudio de veinticinco páginas sobre la obra del narrador Juan Francisco Ferré, finalista del Premio Herralde de Novela. Una de las mejores obras que se ha escrito en los últimos años en España.


LA NARRATIVA HETERODOXA
Y EL PARADIGMA DEL PENSAMIENTO COMPLEJO EN JUAN FRANCISCO FERRÉ

(Fragmento de las tres primeras páginas) 

F. MORALES LOMAS

              Debemos situarnos en mundos complejos. El pensador Edgar Morin nos habló de una realidad compleja. Afirmaba la necesidad de la sistematización de métodos que permitieran aprehender las relaciones mutuas y las influencias recíprocas entre las partes y el todo de este mundo complejo. Se trataba de desarrollar una actitud mental capaz de abordar problemas globales que contextualizaran sus informaciones parciales y locales. Frente a las incertidumbres que se han puesto de manifiesto a lo largo del siglo XX, a través de la microfísica, la termodinámica, la cosmología, la biología evolutiva, las neurociencias y las ciencias históricas, habría que aprender a navegar en el océano de las incertidumbres a través de los archipiélagos de las certezas. El pensamiento complejo es una unión entre simplicidad y complejidad, lo que implica procesos como seleccionar, jerarquizar, separar, reducir y globalizar. Se trataría de articular lo que está disociado. Pero no es una unión superficial, ya que esa relación es al mismo tiempo antagónica y complementaria.
         Estos principios de complejidad, antagonismo, complementariedad en el ámbito de un mundo abierto, micromundano y plural cuya conformación es hartamente diversa y problemática también aguardan en la narrativa de Ferré y con él adquieren carta de identidad cuando penetramos la espesura de Providence, una novela para el siglo XXI:

Gracias a la síntesis de planos diversos -literario, cinematográfico, televisivo, musical, ciberespacial-, Providence recrea su genealogía de raíces múltiples, heterogéneas, mezcladas. Es una novela del siglo XXI destinada a lectoras y lectores capaces de imaginar el acceso al ámbito literario como una aguijadora incursión por parajes fuera de lo común, en los que el artífice de la obra les depara frecuentes motivos de sorpresa y de risa. Como un puñado de jóvenes novelistas que admiro, el autor de Providence ha escogido con valentía el texto literario frente al éxito fácil y visibilidad mediática del producto editorial: una elección que le honra y merece el aplauso de quienes defendemos la modernidad atemporal que perdura a lo largo de los siglos en el territorio vasto y complejo de la literatura escrita en nuestra lengua[1].

         En Los mecanismos de la ficción James Wood advertía que la complejidad del mundo y de los procesos escriturales de la actualidad son estímulos para la comprensión de una realidad que ya no se organiza sobre los rudimentos del realismo verosímil sino sobre otros territorios conexos y más estimulantes como Internet, los blogs, la prensa escrita, el cine… Instrumentos referenciales, vasijas formales o espacios sincréticos que determinan en última instancia la narrativa compleja de Juan Francisco Ferré que se comunica así con el mundo formado de pequeños y diversos universos y al mismo tiempo globalizado.
         Si las vanguardias durante los primeros años del siglo XX conformaron un espíritu de época antirrealista, irracional y creador… la nueva revolución tecnológica en la que estamos inmersos también crea una nueva aventura narrativa y el escritor se adapta a este nuevo transcurso creador con los instrumentos y la retórica de la que nos datan los nuevos tiempos. En este sentido se debe decir que Providence es una novela de nuestro tiempo como dice Juan Goytisolo:

Buen conocedor de la modernidad literaria del pasado siglo, Juan Francisco Ferré añade a su amplio bagaje de lector de Cervantes y Joyce el de un experto en la ubicuidad del ciberespacio en el que hoy vivimos. Si el cine y la televisión cambiaron el rumbo de la novela en la pasada centuria -ya para degradarla, sometiéndola a las reglas y convenciones de éstas como en el caso de los novelistas perezosos o mediocres, ya para crear un ámbito literario inédito y no trivializado como el de las telenovelas y folletines históricos-, Internet y sus derivados inciden en el presente de su evolución en la medida en que modifican la percepción de lo real y lo virtual, difuminan sus diferencias, alteran la comprensión de nuestro entorno cotidiano[2].

           La ficción de Providence nos permitirá no sólo el decurso narrativo sino en cierto modo la explicación del mundo. Su complejidad corre pareja a la sistemática de la novela y los mecanismos y las interferencias entre verosimilitud o no, entre realismo y sueño, fantasía, irrealidad o escritura, desde los mundos imaginarios y/o falsos que generan el éxtasis de la droga o la propia intromisión de instancias escriturales plurimorfas y ambientadas en las múltiples focalizaciones:
 Juan Francisco Ferré
          Providence, como novela, por tanto, es artificio y también un modo de la explicación de la realidad y del microcosmos globalizado en el que vivimos. Creo que Ferré sigue a Wood cuando plantea el realismo de nuevo cuño no en los términos tradicionales de verosimilitud sino de vividad: «Vida en el papel, vida traída a una vida distinta por el arte más elevado». Y añade Wood que ese realismo que nace desde el concepto de vividad:

Permite que existan el realismo mágico, el realismo histérico, la fantasía, la ciencia ficción, incluso los thrillers. No es en absoluto tan ingenuo como le achacan sus detractores; casi todas las grandes novelas realistas del siglo XX reflexionan también sobre su propia creación y están llenas de artificio. Todos los grandes realistas, desde Austen a Alice Munro, son al mismo tiempo grandes formalistas. Pero inevitablemente resulta difícil, porque el escritor tiene que obrar como si los métodos novelísticos disponibles estuviesen a punto de convertirse en simples convenciones y por tanto tiene que intentar burlar ese envejecimiento inevitable. El auténtico escritor, el sirviente libre de la vida, es aquel que debe actuar siempre como si la vida fuese una categoría más allá de todo lo que haya podido captar hasta el momento la novela; como si la vida misma siempre estuviese justo a punto de convertirse en convencional[3].

             La ficción de Providence nace de ese artificio de disponibilidad de los métodos para llegar a una nueva realidad dotada de más catadura, presencia y rigor que la supuesta realidad-verosímil. Estamos ahora ante una realidad-vividad. Y en esa realidad-vividad la reflexión sobre los procesos creadores estará presente, como sucede de modo paradigmático en el tercer apartado dedicado a reflexionar en torno a Lovecraft y sus mecanismos creadores y su envoltura, hasta el punto de que en esa parte la novela resulta lovecraftiana.
No se puede olvidar en esta línea de pensamiento que Providence es una novela pero también la creación de un mundo propio, de una realidad amplia, confusa, intrincada y plural, y para explicarla no existe una perspectiva, del mismo modo que no existía una perspectiva para explicar El Quijote. Y por eso, a medida que avanza la ficción, si al principio se sustentaba sobre la verosimilitud hacia el final se va haciendo lovecraftiana; si al principio triunfaba la vida al final triunfa el cine; si al principio triunfaba el realismo antiguo, al final triunfa esta nueva realidad-irrealidad (la realidad dentro de la literatura y la literatura-cine dentro de la realidad); si al principio había un microcosmos cercano, al final deviene un macrocosmos descomunal y borroso.   Y, de hecho, la sensación en el proceso lector, la percepción psicológica es que se va desde un mundo real diáfano, y cierto, hacia una situación en que el mundo de la ficción, el virtual, se apodera del escrito, y la incertidumbre y la oscuridad se apodera de nuestro hecho de lectores ensimismados. Ya bastante avanzada la novela, cuando se está en el Nivel 2, el cineasta Álex Franco dirá al respecto:

Se me podrá acusar, como hacen mis alumnos todo el tiempo, de deformar la realidad a partir del cine, pero han pasado casi dos meses desde mi llegada aquí y sigo convencido de que todo lo que sucede a mi alrededor y todo lo que me encuentro por la calle no es producto de mi imaginación colonizada (…) sino de una realidad fotogénica que o ha terminada pareciéndose a la imagen que proyecta en todas las pantallas desde hace tanto tiempo, o bien había nacido como nación para encontrar el medio cinematográfico su reflejo más fiel…[1]


[1] J. J. Ferré, Providence, Madrid, Anagrama, 2009, p. 343.



[1] J. Goytisolo, “Literatura en el ciberespacio”, Babelia de El País, 2 de enero de 2010
[2] Ibidem.
[3] J. Wood, Los mecanismos de la ficción, Madrid, Gredos, pp. 174-175.

La creación literaria y el escritor

La creación literaria y el escritor
El creador de libros, pintura de José Boyano